Texto/Text: Alonso Solís
Fotografías/Fotographies: a&s photo/graphics y Danny Hernández
La calle de Madero honra la memoria del Apóstol de la Democracia con el que comparte una característica: guardar historias, leyendas y realidades que merecen ser exploradas con detenimiento
Antes llamada Plateros o San Francisco, Madero es una de las calles más prestigiadas del Centro Histórico. Muy temprano fue calle “principal”, siendo Hernán Cortés su primer residente. Aquí se estableció el primer convento de América, Iturbide vivió como emperador en el palacio que lleva su nombre, desfilaron las más exquisitas damas ataviadas con joyas y sedas, y el 9 de febrero de 1913, primer día de la Decena Trágica, el Presidente Francisco I. Madero caminó rumbo a Palacio Nacional para llegar a su destino con la traición y la muerte.
Se dice que después, cuando las huestes villistas entraron a la capital, de camino también a Palacio Nacional el Centauro del Norte pasó frente al Palacio de Iturbide y vio una placa que decía “Calle de San Francisco”, como se llamaba entonces. Villa comentó que no podía tener nombre de santo y que debería llamarse Francisco I. Madero, y dicen que él mismo puso una placa en honor del iniciador de la Revolución.
La calle de Madero es una arteria que, atravesando el Zócalo, traza una línea recta que une la Torre Latinoamericana con el Patio Mariano de Palacio Nacional donde se ubica el Fondo Histórico Francisco I. Madero. Aquí se resguarda su correspondencia personal: facturas, telegramas, discursos y fotografías se suman a los diversos textos espíritas en los cuales Madero, después de entrar en trance, escribía con su puño y letra lo que le dictaban los espíritus de su abuelo y de sus hermanos Raúl y José. Curiosear en estos archivos es descubrir la dimensión total de Madero: político, hijo, empresario, masón y espiritista.
Las cuadras que se suceden entre el Zócalo y la Torre Latinoamericana están pobladas por fantasmas, historias, construcciones y personajes de todos los pretéritos acumulados. Costado con costado conviven el primer rascacielos de la urbe en trance de descubrirse moderna y lo que fuera el majestuoso Templo y Convento de San Francisco, construído y reconstruído entre 1525 y 1780. En las alturas de la torre, además del mirador, desde donde la visión sobre la ciudad se alarga hasta toparse con un cinturón de cerros, se puede visitar el museo que testimonia las circunstancias que dieron lugar a este icono capitalino.
Del otro lado de la acera brilla la colorida fachada
de la Casa de los Azulejos , antigua mansión de los condes del Valle de Orizaba, descrita por Octavio Paz como "menos hermosa que el Palacio de Iturbide, pero más viva. Su dueña decidió revestirla enteramente de azulejos. Hacer de la decoración interior del baño o una cocina, el exterior de un Palacio... es una victoria de la pasión sobre el llamado buen gusto..." Barroca en su estructura, es un dechado de artes aplicadas con cerámica, piedras labradas y herrerías; exhibe dos murales: "Pavorreales" del rumano Palcologne, de 1918, y "Omnisciencia", realizado por José Clemente Orozco en 1925. Personaje literario, lugar de tertulias, de vida cotidiana, el hoy llamado Sanborns de los Azulejos ha sido testigo del paso de pintores, escritores, actores, revolucionarios, turistas y generaciones de capitalinos.
Ahora que las costras de tráfico se retiraron de la piel de Madero, el paseante puede disfrutar con calma el mestizaje de la cantera gris y las porosas piedras rojas con el que se forjó la arquitectura novohispana, y puede comprobar que muchos horrendos edificios "modernos" sólo existen para contrastar la belleza eterna de los antiguos.
El Palacio de Iturbide es una joya del barroco. Construido entre 1779 y 1785 por los condes de San Mateo de Valparaíso presenta una fachada de tezontle rojo y cantera labrada que proyecta una grata combinación cromática. Fue ahí donde el 18 de mayo de 1822 Agustín de Iturbide salió al balcón y se oyó proclamar Emperador. El inmueble tuvo después una existencia azarosa hasta que en 1964 fue adquirido y posteriormente restaurado por Banamex como parte de su proyecto de rescate de la arquitectura virreinal. Hoy es sede del Palacio de Cultura Banamex que resguarda y exhibe una colección de obras de artistas como Diego Rivera, José Clemente Orozco, Doctor Atl y Frida Kahlo.

Entre melodías de manivela de los organilleros uniformados, estatuas vivientes que atraen la sorpresa y monedas de los paseantes, y después de traspasar la bullanguera calle de Gante con sus restaurantes y cafés al aire libre, se llega al cruce con la calle de Isabel la Católica. En una esquina se inclina el tezontle señorial de la Iglesia de la Profesa, otro exponente magnífico del barroco del siglo XVIII. Su retablo neoclásico es uno de los más bellos que se conservan. Pero lo que le hace realmente sobresaliente es la riqueza de las artes figurativas que fue acumulando y que se puede visitar los sábados.
En la contraesquina de la iglesia, luce su propia hermosura el edificio sede del Museo del Estanquillo, un espacio sin solemnidades donde se puede reconocer en los objetos cotidianos el arte popular urbano. Este museo surge a partir de la colección del escritor Carlos Monsiváis, una de las mayores personalidades de la cultura en México, quien lo bautizó con ese singular nombre en alusión a las mexicanísimas tiendas populares en las que se encuentra de todo.

El diseño gráfico también se hace presente en esta calle gracias al Museo Mexicano de Diseño (MUMEDI) ubicado a unos pasos del Zócalo. Instalado en una casona del siglo XVIII, construída sobre el palacio de Hernán Cortés, su objetivo es dar a conocer el trabajo de los diseñadores mexicanos a través de exposiciones que se renuevan tres veces al año. Cuenta con una cafetería y una tienda donde lo mismo se puede adquirir un cartel, que una pluma, alguna pieza de joyería o un reloj que destacan por su diseño.
Éstos son sólo algunos ejemplos, los más relevantes, de la sorprendente pluralidad concentrada en unas cuantas calles donde ha renacido la vida comunitaria y donde cualquiera puede sentirse único al confundirse con la multitud.
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