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...y en México
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Batallas en el ring

Texto/Text: Rodrigo Pérez Rembao
Fotografía/Photography: Danny Hernández


 

 

 


Tres son las cosas que desean hacer todos los amigos que vienen de visita a la Ciudad de México: ir al Museo de Antropología e Historia; conocer las pirámides de Teotihuacán; y la que tal vez debería ser la opción número uno, ir a la lucha libre, que es parte del peregrinar emocional de los mexicanos.
 

Entre máscaras te veas

Para ver este deporte espectáculo en la ciudad de México sólo hay dos opciones: la Arena Coliseo y la México. La primera, conocida como el embudo de Perú 77, está ubicada en el Centro Histórico, y fue la arena donde inició la lucha libre; en tanto que la México, con domicilio en Dr. Lavista 197, es considerada actualmente la catedral de la lucha libre mexicana.

Las diferencias entre ambas arenas, a pesar de pertenecer a la misma empresa, son visibles a primera vista: en la Coliseo aún se puede sentir la vibra de la lucha libre de antes, la de a ras de lona; en cambio en la México se percibe un aire mucho más acorde a nuestros tiempos, con luchas más aéreas y juegos de luces, música y sonido. Otra diferencia importante es que las funciones de lucha libre se ofertan en días distintos: en la Coliseo, los domingos son los días del deporte del gotch; en la México los martes y viernes.



Hoy es viernes, así que mi amiga y yo estamos entre los miles de espectadores que caminan entre los puestos de máscaras frente a la Arena México. Mientras los vendedores se enredan con cualquier posible comprador a dos de tres caídas sin límite de regateo, las filas en la entrada se hacen más largas. Por allá andan chicos ocultos tras máscaras, vendedoras de semillitas, niños en los hombros de sus padres y los clásicos revendedores.

Optamos por comprarle a un revendedor regordete, con cara de bien intencionado y que, según dice, nos cobrará en nuestros asientos antes de que termine la función. Comprar afuera de la arena es normal, aun cuando los boletos se pueden conseguir en taquillas el día de la función, o bien, anticipadamente por el sistema ticketmaster. El boleto es sagrado, cómo se consiga ya es decisión de cada quien.

Lo que esconden las mascaras

La función empieza con el desfile al son de música metálica o ranchera de los primeros luchadores. En palabras del célebre doctor Alfonso Morales, el narrador por tradición de la lucha libre mexicana: “No hay en México un deportista que tenga la calidad humana de un luchador, los luchadores son la antítesis de lo que proyectan en el cuadrilátero”. Y es que ser luchador en México es algo no tan común, incluso para quienes entrenan y aprenden a ser gladiadores. Según Rocky Santana, entrenador de la UWE, una empresa independiente, “para ser luchador profesional se entrena por cerca de dos años, cuatro horas diarias entre gimnasio y llaveo, y ni eso te garantiza conectar con el público”.

“¿Cuánto ganan los luchadores?”, me pregunta mi amiga. La respuesta varía. Luchadores como Atlantis o Místico ganan, según el doctor Alfonso Morales, alrededor de diez mil pesos por función, aunque la gran mayoría percibe mucho menos. “Es mentira que en la lucha libre ganen, mi reconocimiento para los que luchan por lo que les pagan, no por lo que ellos piden. El luchador es el más maltratado que hay y el más importante en la historia de este país, porque lo hace por afición, no por lo que le paguen”.



De esa historia no sólo habla la cantidad de historias que tiene cada máscara en la memoria colectiva, sino el aporte de la lucha al cine mexicano, a la fotografía, a la literatura. Como ejemplos, basta mencionar las películas de El Santo, el libro de fotografías Espectacular de lucha libre, de Lourdes Grobet, la novela Xanto, una novelucha libre según su autor José Luis Zárate, para entender por qué el luchador enmascarado y la lucha del bien y el mal entre rudos y técnicos no sólo nos gusta, sino que ha llegado a ser parte de todas las clases sociales, hecho que se demuestra en el museo-tienda de Blue Demon y la boutique de El Santo ubicadas en la Condesa, o las giras “Todo por el Todo”, que El hijo del Santo organiza en ferias de arte y arenas improvisadas en países europeos.

Al final siempre ganan los técnicos

La lucha libre es un deporte y también es un teatro, pero no vale la pena preguntarse si es más una cosa u otra. Por eso es conocida también como el “deporte espectáculo”, como dice al final el doctor Alfonso Morales.

Justo en ese momento el público se cimbra con la última llave de la noche. Averno acaba de azotar a Místico contra la lona y le aplica una llave imposible, de esas llaves fantásticas donde nace parte de nuestra idolatría por los luchadores; el réferi cuenta las tres de rigor.

Hoy han ganado los rudos para la felicidad de muchos. México es una nación ruda, lo veo en la Arena México. Somos rudos por naturaleza. Y aprovechando que el revendedor nunca llegó a cobrarnos, le digo a mi amiga que nos vayamos y salimos entre la gente que abandona la arena, felices, mientras atrás de nosotros las máscaras de Atlantis o de El Matemático cuelgan como un sueño imposible. ¿Perdió el revendedor?

 

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