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Santo Domingo: una plaza recuperada


Texto/Text: Alonso Solís
Fotografía/Photography: a&s photo/graphics


En el trazo de sus calles, en sus casas señoriales, en la majestad de sus iglesias, conventos y edificios públicos, la plaza de Santo Domingo creó y proyectó hacia el presente la grandeza de una urbe mundana y levítica.

En la Plaza de Santo Domingo tuvieron lugar los sombríos Autos de fe novohispanos, y funcionó el Quemadero de la Santa Inquisición. En esta plaza se asentó entre 1885 y 1889, el Circo de los Hermanos Orrín cuya vecindad con el templo de Santo Domingo propició que la fe compartiera audiencia con la diversión. En su portal se comerció con ropa vieja; funcionó una famosa pulquería y asentaron sus reales los “evangelistas” y los impresores de todo tipo de papelerías, incluida la moderna “especialidad” de crear títulos universitarios falsos.

Desde el Zócalo camino hacia el norte por la calle de República del Brasil. Tres cuadras adelante, ésta se transforma en un espacio abierto y luminoso donde la mirada topa de frente con la fachada barroca y la torre del Templo de Santo Domingo. Construida en el siglo XVIII, la iglesia ha recuperado su señorío y belleza. El altar mayor neoclásico, inaugurado un mes antes del inicio de la Guerra de Independencia, fue obra de Manuel Tolsá, autor también del Palacio de Minería. Sobresalientes son también los dos altares churriguerescos localizados a los lados del crucero, así como la capilla del Señor del Rebozo: un Cristo de rostro sangrante, coronado de espinas que camina eternamente cargando una pesada cruz. De su brazo derecho cuelga un rebozo, morado como la túnica que viste. En contraste con tan conmovedora imagen, decenas de alegres rebozos se despliegan coloridos y brillantes a su alrededor.

Afuera, en la plaza, el cromatismo dominante es sobrio, producto del juego entre los matices rojizos del tezontle y la blancura de la cantera, materiales que cubren la mayor parte de las fachadas de las construcciones. Al sur de este conjunto, se levanta la casona atribuida al Mayorazgo de Medina, donde estuviera también la “casa de Maese Diego Pedraza, primer cirujano que hubo en la ciudad”. Por su parte, en el costado oriente se miran uno al otro los soberbios palacios que fueran de la Aduana y de la Inquisición. Y en el flanco poniente se extiende rítmicamente el portal donde aún ejercen su antiguo oficio los evangelistas, escribanos públicos por encargo, quienes representan uno de los cuadros más pintorescos del paisaje social urbano. Ajenos a los avances tecnológicos, de sus viejas máquinas de escribir siguen surgiendo misivas amorosas, tesis o escritos de negocios.



El portal también alberga al Salón Madrid, emblemática cantina para muchas generaciones de estudiantes de la Escuela de Medicina de la UNAM, que funcionó hasta 1953 en el Antiguo Palacio de la Inquisición. En uno de sus muros, varias de esas generaciones de universitarios adosaron placas para dejar constancia de los servicios espirituosos que les brindara ésa, su otra alma mater, a la que con humor bautizaron como “La policlínica” ¡Salud!

El Palacio de la Inquisición fue construido entre 1732 y 1736 por el maestro mayor de arquitectura Pedro de Arrieta. Suprimido el Tribunal del Santo Oficio en el año de 1820 y cesada la persecución de herejes, a la construcción se le dieron usos diversos: fue plantel del colegio militar, lugar para bailes públicos y a partir de 1847, Escuela Nacional de Medicina. Hoy es sede del Museo de la Medicina Mexicana. Inaugurado en 1980, el recinto cuenta con 24 salas donde se describe la evolución de la medicina en México, desde la época prehispánica hasta el siglo XX.

Conforme pasan las horas, crece el bullicio humano en la plaza. Innumerables vendedores al servicio de los impresores se acercan a todo el que ven para ofrecer sus servicios. En el centro y en medio de una fuente, la figura de doña Josefa Ortiz de Domínguez, sentada, contempla a los transeúntes; algunos la imitan y se sientan a su alrededor, lo hacen sin la majestad de la heroína patria.

Me encamino hacia el Centro Cultural del México Contemporáneo, instalado en el inmueble que fue parte del antiguo Convento de Santo Domingo. Aquí, se repite el mestizaje entre lo antiguo y lo moderno, visible en muchos de los edificios rehabilitados del Centro Histórico. En 1990 se inició la restauración del para entonces ruinoso edificio. Se rescataron salones, columnas, arcos y muros, así como el cubo de la escalera y una parte de la fachada. En algunas de las partes derruidas se instalaron elementos arquitectónicos contemporáneos, y la estructura antigua se fusionó con la moderna permitiendo que el tezontle y la cantera dialoguen armoniosamente con el cristal y el acero.




El último sitio que visito es el edificio construido entre 1729 y 1734 para albergar la Aduana Mayor de la Nueva España. Contemplo la gran escalinata en cuyos muros y plafón David Alfaro Siqueiros pintó en 1946 el mural Patricios y patricidas, una alegoría del juicio histórico.



El banquete pictórico apenas comienza. En los patios Principal y Juárez de este edificio, hoy sede de la Secretaría de Educación Pública, se despliegan 120 murales pintados por Diego Rivera entre 1923 y 1928. En la planta baja las pinturas evocan escenas de la Pasión de Cristo, mientras que en el primer nivel, representan el trabajo intelectual, las ciencias y el arte en nuestro país. En el segundo nivel, Rivera exaltó a los trabajadores y las luchas revolucionarias. Otras obras representan paisajes naturales y humanos y algunas de las principales tradiciones populares, religiosas y políticas de México. Además de los murales de Diego Rivera, se encuentran otras obras de importancia como son los frescos del artista francés Jean Charlot y dos más de Amado de la Cueva.

Mi recorrido no podía concluir sin visitar el restaurant la Hostería de Santo Domingo donde, desde 1860, se cultiva lo mejor de la cocina tradicional mexicana, destacando los chiles en nogada, quizás los mejores de la Ciudad de México. 

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