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Entrevista a Laurent Cantet, director de la película La clase

Entrevista a Laurent Cantet, director de la película La clase

04 de julio de 2011

¿Considera que su apuesta de mostrar a partir de su crónica de la vida escolar en Francia una reflexión de carácter universal sobre la autoridad, sobre la relación entre maestros y alumnos, motivó que su película fuera nominada al Oscar en Hollywood?
En buena parte fue efectivamente eso. A los estadounidenses les gusta el aspecto casi político de la película, la manera en que muestra la escuela y a partir de ella un microcosmos de la sociedad francesa. Pienso que su fuerza reside también en la emoción que logra transmitir. La gente ríe mucho, se emociona, y justamente por ello no se trata de una película de tesis. Los espectadores tienen la impresión de compartir con los protagonistas sus emociones y sus dificultades.

¿ Esta mezcla de ficción y documental no desconcierta a muchos espectadores fuera de Francia?
La película planeta muchas preguntas, pero no pretende responderlas todas. Jamás intentamos fabricar un personaje ideal de un profesor con el deseo de cambiar el mundo. Sólo quisimos dar una imagen justa de la dificultad que hay en el hecho de enseñar. Y esto contrasta con lo que habitualmente muestran las películas estadounidenses, es decir, la imagen de un maestro que educa moralmente a sus alumnos y busca dar solución a los problemas de la sociedad. Quisimos limitarnos a señalar la dificultad del oficio mismo de profesor.

¿Qué sensación tuvo al trabajar con actores no profesionales?
El trabajo fue muy estimulante. El autor del libro y yo pasamos todo el año escolar juntos y creamos una suerte de taller de improvisación con todos los alumnos. En el guión integramos elementos que aportaron los propios alumnos. Ellos conocen su escuela, escuchamos sus experiencias y también sus propuestas, y todo eso aparece en la película. El resultado es que cada uno de estos alumnos es parte sustancial del tema de la película.

¿Y los maestros, cómo reaccionaron?
En Francia las opiniones de los maestros se mostraron un tanto divididas. A algunos les gustó mucho e incluso reconocieron algo de sus propias clases, de su manera de trabajar; les gustó ver que la escuela no es sólo el lugar donde la gente viene a aprender la gramática o las matemáticas, sino también un espacio en el que los alumnos aprenden a reflexionar y a desarrollar un sentido crítico. Por esta razón compartieron la experiencia de Francois. Hubo también profesores que no apreciaron la experiencia, y vieron la película simplemente como un documental. Pensaron que queríamos dar una imagen un tanto global de lo que es la escuela, cuando en realidad no se trataba de eso; lo que deseamos fue concentrarnos en la relación muy especial que se crea entre ese profesor y esa clase en particular. Cada quien tiene, naturalmente, la libertad de ampliar las propuestas de la película, pero ésta no se planteó en ningún momento dar lecciones a nadie.

¿Puede decirse que la película propone una radiografía de una Francia multirracial, expuesta al mestizaje?
Para mí eso es algo muy importante, y casi diría lo que origina la película. Esa pluralidad, ese carácter mixto de la sociedad, está cada vez más presente en Francia, como en otras partes del mundo, lo que de paso explica el éxito internacional de la cinta. Siempre quise decir que habría que dejar de considerar esta pluralidad como un problema. Hay que imaginarla, por el contrario, como una verdadera riqueza. Los estudiantes confrontados a experiencias distintas a las de sus compañeros pueden enriquecerse unos con otros, y es importante tomarlos en cuenta, darles un espacio en nuestra sociedad. Esto no siempre sucede. Es cierto que cuando Esmeralda dice en la película que no se siente orgullosa de ser francesa, esto es algo que es preciso tomar en cuenta, pues revela lo importante que es sentirse deseada por su propia comunidad.

¿Hace veinte años podía haberse realizado la película de esta misma manera, o el resurgimiento del racismo y las revueltas juveniles decidieron un nuevo estilo?
La película habría sido un poco diferente, aunque sólo sea porque el carácter mixto de la composición de las clases es un fenómeno más reciente, y también porque la escuela ha cambiado. Cuando yo era estudiante había una selección muy rígida que se hacía muy temprano. Hoy en Francia tenemos lo que se denomina un sistema de colegio único, donde todos los niños, independientemente de su nivel escolar y de sus aptitudes, comparten la misma clase hasta la edad de quince años. La selección viene después. El colegio es el último lugar donde la mezcla social y étnica existe verdaderamente. Esto no sucedía hace veinte años.

¿Le interesa mantener esta línea de documental y de reflexión social acerca de Francia y su lugar en el contexto europeo?
Es cierto que cada vez que hago una película intento dar en ella una imagen de lo que va cambiando en el mundo. Una imagen de lo que sucede en nuestra realidad. Para ello recurro a esta suerte de método que consiste en tomar un pequeño espacio como un microcosmos. Mis próximas películas estarán sin duda marcadas por esta aspiración.

¿Un filme político con la capacidad de interesar a los públicos más diversos en Francia y en el extranjero?
Es evidentemente lo que deseo cada vez que filmo. Me gusta que al observar esta pequeña clase en el barrio 20 de París, conseguimos abrir una ventana sobre nuestra sociedad. Y a través de esta ventana describimos precisamente lo que sucede en París. También lo que sucede en el mundo. La globalización logra transparentarse a través de todo esto.

 

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