Embajada de Francia en México
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De hombres y de dioses

De hombres y de dioses

18 de julio de 2011
Disponible en français

Hacía como un año que esperaba que esta película estuviera en sala, quería verla en el cine, en pantalla grande. Fuimos a mi cine preferido, una tarde, llovía.


En 1995, ocho monjes franceses viven juntos desde hace más de veinte años, en Tibhirine, Argelia. Es una época en la que el país está en plena guerra civil. Los monjes, integrados desde hace años a la comunidad argelina, son amenazados de muerte. Titubean, ¿tenemos que salvar el pellejo e irnos, o quedarnos a riesgo de perder la vida?

La película parte de esta situación de guerra para describir la lucha del espíritu en confrontación con las elecciones inherentes a nuestras vidas. Observamos la existencia simple y los lazos fraternos y afectuosos que estos monjes han establecido con los demás habitantes del pueblo, la rutina en el campo y en la cocina. Cada monje encarna un tipo de carácter, un momento del pensamiento: el médico que no tiene pelos en la lengua, el orador meditativo, el hermano que trabaja la tierra y duda, el anciano que ya no tiene miedo, pero siempre sí. La puesta en escena es cuidada, sin embargo parece que se ha filmado en vivo.
Me quedé clavada en mi asiento por las imágenes violentas y las reflexiones, que son las mismas que las nuestras, en México. Decapitaciones, gargantas cercenadas, las vemos todos los días en cada esquina en las primeras planas de los diario. Y la pregunta: ¿hasta cuándo quedarnos? Nos la hacemos todos; me la hago también yo. La vida no está en peligro; pero saber que hay una violencia tan grande, no muy lejos de nosotros, es una carga muy pesada. A veces no sabemos qué hacer con eso, ni qué hacer, uno. Es agotador. Entonces hay que ir a buscar en lo más profundo de nuestra vocación y escuchar atentamente para saber adónde nos llaman y sobre todo para hacer qué.

Es de eso, para mí, de lo que trata la película: ¿cómo saber qué camino seguir? ¿Cuál es la decisión justa, la que hace de nosotros hombres en el sentido más expansivo del término, libres, de pie, que tienen el control de sus vidas? Reconocí escenas de 12 hommes en colère, de Sydney Lumet (¿ya la vieron?), en particular la de los votos alrededor de la mesa, donde se perfila fuertemente la personalidad de cada uno y donde se aprecia todo, la lucidez, la debilidad, la mala fe. Gracias a esos hombres torpes, tan parecidos a nosotros, a su vida sencilla, prácticamente la misma que la de los nativos del pueblo, nos apropiamos la reflexión sobre el sentido de nuestras elecciones, demasiado reservada a los libros de filosofía. De pronto, también pensamos en ello. ¿Y yo qué habría hecho? ¿Qué voy a hacer? ¿Quién soy yo en esta mesa?

El monasterio es una metáfora de la comunidad verdadera; los hombres están ligados en ella a través del espíritu; tejen y cultivan lazos entre ellos y su propio territorio interior, a través del intercambio, mezclando sus voces, dando consejos, todo lo que uno puede aportar al otro y también recibir.

Dios es la figuración de la espiritualidad que se cultiva en un gesto, en una disciplina de vida, en un trabajo consigo mismo, en una creación, en una película.

Está ese momento conmovedor y casi patético en el que los monjes se preparan juntos para recibir la muerte, cantando. Casi les envidiaríamos morir así, de pie. Pero no tenemos forzosamente la muerte que deseamos o que merecemos y lo que les espera más bien es ser degollados sin misericordia. O esa otra escena vibrante, de la última cena, que inicia con una insolente alegría dado que la oración se ve acortada por el vino y la música. Hay una reconciliación con la vida, el ritual espontáneo. Todas las emociones se leen entonces en las miradas, frente a la muerte, reírse de la distancia que uno siempre puede tomar, recordar con ternura toda una vida, temblar ante la perspectiva de ese gran desconocido, soltar una lágrima de nostalgia y luego viene la aceptación, estamos listos.

Esta película tuvo un enorme éxito en Francia; creo que es porque se trata de un filme filosófico y que, contrariamente al sentido en que marcha la sociedad, a las personas les gusta, de vez en vez, pensar un buen rato.

 

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